EL MUNDO QUE VIENE: «En Rusia no se concibe un poder que no sea absoluto y no influya en los jueces o en la prensa»

EL MUNDO QUE VIENE / LEONID PARFIONOV
«En Rusia no se concibe un poder que no sea absoluto y no influya en los jueces o en la prensa»
EL ULTIMO ICONO DE LA TELEVISION RUSA INDEPENDIENTE FUE DESPEDIDO DEL CANAL NTV POR ENTREVISTAR A LA VIUDA DE UN EX PRESIDENTE CHECHENO ASESINADO. AHORA DIRIGE LA VERSION RUSA DE 'NEWSWEEK', UNO DE LOS ULTIMOS REDUCTOS DE LIBERTAD INFORMATIVA EN LA RUSIA DE PUTIN.
DANIEL UTRILLA
PROFESION: Ex presentador de televisión y director de la versión rusa de 'Newsweek' / EDAD: 46 años / FORMACION: Periodista / CREDO: La frase del poeta Pushkin: «No existe en el mundo la felicidad, sólo la calma y la voluntad» / AFICIONES: Pasear por barrios viejos de ciudades europeas. / SUEÑO: Que algún día, por fin, el mundo empiece a vivir según el citado principio de Pushkin
El busto anda cojo. Como si fuera una metáfora visual de lo tocada que anda la libertad de prensa en Rusia, el cuerpo renqueante de Leonid Parfionov entra con muletas en el café de diseño La Casa, lastrado por la pierna que se rompió hace unas semanas en el rodaje de un documental.
Cuando en 2004 lo despidieron del canal NTV por entrevistar a la viuda del ex presidente checheno Zemliján Yandarbiev -asesinado en Qatar con un coche bomba-, fue presentado como el último icono de la televisión libre en Rusia. Durante más de una década, Parfionov dio rostro a la televisión independiente de calidad como uno de los artífices de la perestroika audiovisual de los años 90. Ello fue posible gracias a su programa semanal Namedni (Recientemente), donde presentaba la actualidad político-social con amenidad y desparpajo desconocidos hasta entonces. Apodado Míster elegancia por sus telespectadoras, Parfionov también presentaba rigurosos documentales sobre la Historia de Rusia que hoy se venden en formato de lujo.
Su despido fulminante del canal NTV puso fin al acoso del Kremlin contra la última cadena independiente. Ahora dirige la versión rusa del semanario Newsweek, uno de los escasos reductos de libertad informativa en la Rusia de Vladimir Putin. Sigue asomando la cabeza por la pantalla y acaba de estrenar un documental sobre la etapa del mandatario soviético Leonidas Brezhnev (1964-1982).
PREGUNTA.- El asesinato a tiros de la periodista crítica Anna Politkovskaya, el envenenamiento del ex espía Alexander Litvinenko... Este ha sido un otoño caliente para Rusia...
RESPUESTA.- Yo antes solía decir que en Rusia hay dos grandes tuberías: una es la del gas y el petróleo y otra es la de las noticias, malas en su mayoría. Nosotros somos el mayor suministrador de malas noticias en el mundo.
P.- ¿Cuál es su opinión sobre el envenenamiento de Litvinenko?
R.- Es una historia terrible a escala mundial, cuyo final no se acaba de ver. Ahora tendrán que buscar algo vinculado con el origen del polonio aquí en Rusia y eso abarcará capas y capas más amplias de la gente. Temo que nunca conoceremos toda la verdad. En Rusia esta historia no ha tenido una repercusión tan enorme como en Inglaterra porque la sociedad está curada de espanto y volcada en su vida privada.
P.- El ministro de Defensa, Serguei Ivanov, dijo que Litvinenko «no era nadie» y que por eso su muerte no puede ser obra del Kremlin.
R.- Eso fue lo mismo que dijeron tras el asesinato de Politkovskaya... No sé. De la misma manera que no hay una sociedad rusa única, tampoco hay un único Kremlin. El Kremlin tiene muchas torres y en cada una están sus sabios. Ivanov puede hablar solamente en nombre de su torre, no de las otras. El Kremlin no es soló la obra de Aristóteles-Fioravanti (arquitecto renacentista italiano). Alrededor del Kremlin existe una cantidad enorme de órbitas en las cuales hay antiguos chekistas (miembros de los servicios secretos), y otros que se denominan a sí mismos como patriotas de Rusia, los cuales pueden hacer cosas inverosímiles en defensa del bien nacional -tal y como ellos lo entienden- o por el deseo de influir en Putin. El poder no puede controlar a sus partidarios, que pueden hacer algunos servicios. Lo mismo pasa con nuestra Iglesia. Hay tal cantidad de gente que dice ser partidaria de organizaciones ortodoxas patrióticas y que dicen semejantes cosas xenófobas y antisemitas... Cosas que la Iglesia oficial nunca diría.
P.- ¿No ve la mano del FSB (los servicios secretos, ex KGB)?
R.- Esta organización es muy conservadora. Cuando ellos dicen, con cierto humor negro y sonriéndose, aquello de que «los servicios no perdonan a los traidores»... ¿Ve?, eso ya me lo creo más. Ellos tienen sus principios generales. Putin, por ejemplo, piensa que Kaluguin (ex espía del KGB exiliado en EEUU) es un traidor. Y no lo dijo ahora, cuando puede decir lo que quiere, sino en 1999, un año antes de ser presidente. En ese edificio que está a dos manzanas de aquí, la Lubianka, sede del espionaje ruso, no creo que rija una disciplina tal que todos vayan a cumplir una órden única.
P.- ¿Pero por qué usaron polonio radiactivo?
R.- Su lógica no es muy comprensible y eso causa aún más temor. Estamos de nuevo ante el problema de la conducta imprevisible de los aliados del poder o de una facción de los aliados del poder. Hay que entender que eso se hace para provocar un mayor aislamiento de Rusia, para empujar a Putin a un tercer mandato, o para obligar al presidente a asumir totalmente la imagen de silovik (miembro de los órganos de seguridad), imagen de la que no podrá librarse, porque no puede ir en contra de los suyos. Durante los últimos seis años no hemos escuchado a Putin ni una palabra crítica contra los servicios secretos. Él puede criticar a quien sea, desde el Ministerio de Finanzas hasta los maestros, pero nunca a los servicios especiales.
P.- ¿Se parece Putin a Brezhnev?
R.- Sí y no. No se parecen en su aspecto: Putin es deportista, activo, competente... Brezhnev no era competente. Pero sus épocas sí se parecen en los elevados precios del petróleo y la consiguiente estabilidad. Ni el poder ni la sociedad rusa piensan mucho en el día de mañana. Sin embargo, todos tienen la sensación aguda de que algo no marcha bien, de que este bienestar no es del todo honesto. La salida gigantesca de capitales demuestra que la gente está nerviosa y no está muy segura de que aquí todo vaya a seguir bien. Comprenden que no hay una base.
El Estado, el Poder, no controla los índices macroeconómicos, y no aprovecha las recursos nacionales para desarrollar el negocio de la clase media. Como resultado, los ricos se hacen más ricos y los pobres más pobres. Como sucede en Latinoamérica. En ruso decimos que «cada cual tiene sus propios problemas: el pobre tiene la sopa aguada y el rico tiene las joyas pequeñas». Desaprovechan el tiempo como en la época de Brezhnev.
P.- ¿Tiene Putin rasgos de zar?
R.- El poder siempre conservó rasgos de poder zarista, porque siempre fue fuerte y absoluto. Aquí no se concibe de otra manera el poder. El poder mismo no entiende por qué no va a influir en la decisión de un tribunal o en la prensa.
P.- ¿No le parece exagerada la campaña antigeorgiana desatada en Moscú?
R.- El problema se debe a que los rusos están heridos en su amor propio. Tenían un imperio enorme. Puede que vivieran mal, pero sentían la grandeza nacional como propia. Como decía un famoso poeta ruso: «Satisfechos por la grandeza e insatisfechos por el salario». Eso es en mayor medida la responsabilidad del poder, que en vez de superar el síndrome imperial, sigue cultivando el sueño dorado de la grandeza nacional. Todo el siglo XX fue un derroche inútil de las fuerzas de la nación. Minaron la demografía. Los rusos nunca recibieron nada bueno del imperio, que sólo causó terribles derramamientos de sangre y la depauperización del campo. Pero en vez de ayudar a la gente a que se aleje de este fantasma, en lugar de evitar los conflictos con Polonia, o de dejar de pensar que Georgia es nuestra enemiga, o de tener una relación inamistosa con los países bálticos, en vez de salir de todo eso, el poder -que aprecia mucho la popularidad y la busca constantemente- estimula en la gente esos puntos que sabe que le resultan agradables, pero que son los más terribles. Es detestable. Es un acto de irresponsabilidad. Eso es como cuando a un niño se le permite seguir comportándose como un niño. Se trata de un terrible infantilismo político. Organizan maratones de preguntas televisadas por todo el país al estilo de Corea del Norte en los que Putin contesta a preguntas y quejas del tipo «tenemos frío en nuestro apartamento». Ellos siguen cultivando la imagen del zar que sale al soportal ante la muchedumbre descontenta y les lanza monedas. Cultivan la época política de Boris Godunov (zar entre 1598-1605).
P.- ¿Por qué no hay pluripartidismo en Rusia?
R.- De una parte hay un boom consumista, y de otra parte no hay política. Bajo el socialismo fue muy comprensible la vinculación entre el unipartidismo y lo que podríamos llamar el unisalchichonismo: cuando había un partido y en las tiendas sólo había un tipo de salchichón. Y ahora la situación es paradójica: hay un partido muy parecido a aquél, pero el surtido de los salchichones es enorme. Y eso sitúa a la gente ante un callejón sin salida. Uno no puede explicar a la gente cómo el pluralismo político mejorará la calidad de vida. No hay argumentos simples y claros. Claro que se puede hablar de la competencia entre ideas, pero la gente no siente una necesidad de ello. Puede que ocurra cuando caigan los precios del petróleo. Y cuando quede claro que deben existir diferentes equipos, diferentes ideas...
P.- ¿Qué ha pasado para que un liberal como el ex primer ministro Mijial Kasianov se una con los nacional-bolcheviques de Limonov en un mismo bloque opositor?
R.- Existe una diferencia enorme entre un burgués respetable como Kasianov y un artista izquierdista como Limonov. Pero esta diferencia es minúscula en comparación con lo que tiene en común: estar contra Putin.
P.- ¿Se puede repetir en Rusia una revolución como en Ucrania o Georgia?
R.- No. Viktor Yushchenko y Mijail Saakashvili llegaron al poder en Ucrania y Georgia sobre la base de la impopularidad de los anteriores presidentes, Leonid Kuchma y Edvard Shevardnadze. Ellos llegaron al poder cuando era ya evidente que el rumbo del poder anterior ya se había agotado. Comprendían que necesitaban algo nuevo.
P.- Algunos analistas sostienen que si mataron a Poltikovskaya o envenenaron a Litvinenko fue para preparar el terreno para una revolución.
R.- No. Al contrario. Esas acciones empujan a la conservación del régimen existente, cuando Putin aparece como el único salvador posible de la nación. Si pasan cosas tan terribles, si asesinan, necesitamos más estabilidad en el poder, más mano dura, más control por parte del poder.
P.- ¿Es Mijail Jodorkovski, el dueño de la petrolera Yukos encarcelado en 2003 por estafa, un disidente?
R.- Jodorkovski es un caso muy personal. El Jodorkovski de la época de Yeltsin y el del año 2000 son dos personas diferentes. Él mismo creaba la situación en la que fue encarcelado. Yo recuerdo perfectamente aquella euforia de los oligarcas. Yo hablaba con él, con Gusinski y con Berezovski, y recuerdo la euforia de aquella gente que quería suplantar al Estado, y que de hecho gobernaba el país y manipulaba los tribunales y la televisión para que Yelstin ganara en las elecciones de 1996. Ellos no son ángeles. Son los creadores de este sistema. Putin llegó cuando este sistema ya estaba creado, y él mismo es la criatura de este sistema. Él se distancia de ellos, pero no oculta sus buenas relaciones con Román Abramovich, dueño del club Chelsea. La operación sucesor que encaramó a Putin al poder también fue obra de Berezovski.
P.- Algunos historiadores explican que el contraste entre Rusia y Europa se debe a que bajo los zares no hubo Renacimiento.
R.-Tampoco hubo Renacimiento en Finlandia, que fue una parte del Imperio ruso. ¿Y qué? Un país con menos población que San Petersburgo y que tiene Nokia y esos folios que venden a todo el mundo... Podemos empezar a calcular la Historia desde donde queramos: desde el yugo tártaro-mongol o desde el momento en que Bujarin decidió no leer la carta de Lenin al Siest (congreso bolchevique).
P.- ¿No es una característica común a todas las épocas de Rusia el desprecio a la vida individual?
R.- Yo creo que el individuo aquí no hizo nada para que el poder se interesara por él. Porque Finlandia en 1903 concedió a la mujer el derecho de voto antes que ningún otro país en el mundo. Claro que a nuestros poderes no le interesa el hombre. Eso salta a la vista. Es una casta arrogante, tal y como lo era en la época soviética.
P.- En su último documental sostiene que la transición al capitalismo se inició con Brezhnev...
R.-La perestroika no sobrevino por razones políticas, sino porque la gente pensaba: «¿Pero qué demonios de superpotencia es ésta si no puede darnos un trozo de carne y unos pantalones vaqueros?» El paso a la era del consumismo se produjo con Brezhnev, que no era un marxista-leninista y permitió a la gente tener vida privada. El no fue un fanático bolchevique como Jrushchov.
«Todos recibimos una educación atea, pero no se nos adhirió»
¿Siente algún tipo de nostalgia del periodo soviético?
-No. Porque no existía ninguna posibilidad de autorrealizarse. Al joven de 28, 30 ó 35 años se lo consideraba en aquella época como todavía joven, y no podía hacer nada. El joven era el último escalón en la jerarquía. Cada uno entendía este escalón como suyo y no trataba de llegar un poco más alto respecto de donde te habían colocado.
¿Le han acusado de ser antirruso?
-No, nunca. Yo soy un producto de mí país. Nací y crecí en la región de Vólogda, me licencié en Leningrado. Trabajaba en la prensa del Komsomol (juventudes comunistas) y escribía reportajes sobre los mítines de duelo con motivo de la muerte de Brezhnev. Trabajé en la televisión central. Nunca estudié ni trabajé en Occidente. Nuestro semanario Newsweek es también ruso. Traducimos poco del extranjero. No hay nada norteamericano. En mí hay tanto liberalismo como el que pueda sacarse de esta biografía, de esta vida y de esta época. Tengo poco de occidental. No hablo ninguna lengua extranjera. En cualquier disputa de este tipo yo empiezo a gritar: «¿Cómo que no soy ruso? ¿Y tú qué? ¿Quién es ruso entonces si yo no lo soy?
¿Es creyente?
-Sí, claro. Todos recibimos una educación atea, pero no se nos adhirió. Hasta en la familia de Brezhnev festejaban la Pascua. La religión no desaparecía de nuestra vida. Yo no soy muy religioso. Hay muy pocos rusos que sean religiosos de verdad. Pero, pese a todo el materialismo soviético, la metafísica parece estar presente en la atmósfera rusa y todos creen en el alma immortal. La sensacion de que no hay una muerte definitiva, siempre la tengo cuando estoy en un funeral.
¿En qué periodo histórico le gustaría vivir?
-Yo quiero vivir en esta época. Me mueve un sentimiento muy ruso, que es el sentimiento de la sudba (suerte, destino). Creo que debo vivir en aquel tiempo que me ha tocado, cumplir las obligaciones que tengo, bregar con mis problemas...
¿Quién no lo traga a usted en Rusia?
- No se llevan bien conmigo los círculos eclesiásticos, pero no entro en sus polémicas. Profesamos diferentes valores: yo no soy partidartio del eslavismo. La paradoja consiste en que, por una parte, Rusia es sin duda un país europeo por los ideales que profesa. Si usted escarba en el individuo ruso, descubrirá en él a un liberal. El ruso puede ser tan excéntrico como un inglés, puede estimar mucho su personalidad individual, su derecho a tener tiempo libre, hobbies e intereses personales por paradójicos que sean. Los rumores sobre el colectivimismo ruso son bastante exagerados.
LA CUESTION
-¿Existe hoy libertad de prensa en los medios rusos?
-En la televisión claro que no. Resulta ridículo ver cómo los poderes no se molestan siquiera en negar que, directamente o indirectamente, controlan la información televisiva. No lo ocultan. En la prensa la situación es distinta. Está el diario 'Kommersant'. No sabemos qué pasos tiene previsto dar Alisher Usmanov, magnate del acero que en agosto de 2006 compró el diario al oligarca Boris Berezovski enfrentado al Kremlin, pero por ahora sigue siendo igual que antes. Se conserva gracias al enorme carisma de su redactor jefe, Andrei Vasiliev. Es un caso aislado. Lo mismo pasa con la radio Eco de Moscú, cuyo director Alexei Venediktov y los propios trabajadores tienen un paquete grande de acciones, lo que crea una situación única desde el punto de vista jurídico. Un millón de oyentes al mes no es algo que preocupe al poder. Con el diario 'Vedomosti' y la revista 'Forbes', editada por Axel Springer, se cierra la lista. Y luego estamos nosotros, que tenemos 'techo' occidental.




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